Una vez un padre le pidió a su hijo que fuera a
buscar leña al bosque. El niño no quería ir porque tenía miedo. El comprensivo
padre se acercó a la chimenea y encendiendo una vela, se la dio al niño y le
dijo que esa luz lo acompañaría y le ayudaría a vencer su miedo. El pequeño
satisfecho tomo una canasta y con su vela en la mano, salió a cumplir con el
cometido. Con la luz de la vela iluminando el camino, fue recorriendo la ruta
sin temor, admirando lo que aparecía en su camino. Incluso de detuvo a recoger
algunas piedras brillantes, y algunas hojas de hermosas formas que fue
guardando en su canasta. De repente una ráfaga de viento casi le apaga la llama
de la vela, y preocupado de perder la luz que lo acompañaba, decidió colocar la
vela en la canasta para protegerla. No había caminado sino unos cuantos pasos
cuando se dio cuenta de que la llama de la vela había encendido la canasta y
comenzaba a quemarse. Trató de rescatar la canasta, pero las llamas le quemaron
las manos. Asustado regresó corriendo a su casa, pero cuando llegó ya no
quedaba nada de la canasta y su contenido, solo cenizas chamuscadas. Adolorido
y llorando, se sentó en el porche de su casa, sintiéndose miserable y demasiado
apenado para contarle a su padre. Cuando su padre lo vió, lo abrazó y lo
consoló con dulces palabras, diciéndole que lo importante era que él estaba
bien, y que siempre se podía conseguir otra canasta y encender otra vela.
Todos
y cada uno de nosotros llevamos una llama dentro. Es la luz que constituye
nuestra esencia, el ser que somos. Esa luz nos permite vivir sin miedo, y nos
guía el camino. Es una luz poderosa y brillante que ilumina nuestros pasos y
nos permite orientarnos en la vida. Pero algunas veces esa llama se ve
disminuida por las circunstancias de la
vida, y aunque nunca llega a apagarse del todo, nos parece que podemos perder
su brillo. Decidimos entonces guardarla, esconderla, protegerla, y la metemos
dentro de la canasta que llevamos a cuestas.
En
algunos casos, la vela se queda encendida, pero nos olvidamos que está allí. En
otros, la vela se apaga por falta de oxígeno y perdemos la capacidad de ver
claramente la vida. Se nos llenan los días de miedo, de desesperanza, de
oscuridad. Si tenemos suerte, nos encontramos en el camino con alguien que nos
ayuda a volver a encender la llama, compartiendo su luz con nosotros.
Pero
a veces, esa llama puede llegar a quemar todo lo que tenemos y destruir lo que
hemos conseguido en la vida, lo que creemos que nos da valor como seres
humanos. Esa intensa llama puede llegar a quemarnos, a herirnos, y si no
tenemos cuidado, hasta a destruirnos.
Si
eres paciente oncológico, o tienes un familiar o amigo atravesando por esto,
seguramente sabes perfectamente lo que se siente esa llama que quema todo. Así
percibimos muchas veces el cáncer los que hemos vivido esta experiencia. Algo
arrollador que se lleva todo lo que tenemos en la vida, que duele, que quita,
que daña.
Yo
te invito a ver el cáncer como una experiencia positiva, y planteártelo como un
aprendizaje. Te invito a sacar la vela de la canasta, para sanar, y utilizar tu
fuego para encender la vela de aquellos que aun están en la oscuridad.
Cambiando nuestra actitud podemos utilizar esta (y todas) nuestras experiencias
para crecer, aprender y avanzar.

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